
Graffiti neoyorquino convertido en el cartel de Pirates and Mermaids
Por Claudia Lorenzo
Hay un hombre que se marca un monólogo de 90 minutos, cuatro veces al día, durante todas las jornadas del Fringe (excepto lunes). Yo no me explicaba la tremenda excitación hasta que descubrí que la obra sólo admite a siete espectadores de una sentada y, claro, para llegar a un número potente tienen que hacerlo mucho. “Pirates and Mermaids” se representa a diario en el Jardín Sandeman del Scottish Storytelling Centre. Bueno, se medio representa ahí. De vez en cuando hay que huir al edificio si Edimburgo decide dejar patente su carácter y ponerse a llover. Yo sólo digo que aquí seguimos con el combo camiseta-chaquetita-cazadora, las medias, y la calefacción un par de horas al día, costumbres sólo interrumpidas en la ola de calor de julio. Así que, por mucho que los bancos del jardín se quieran parecer al Central Park neoyorquino, está claro que el tiempo continúa siendo meramente escocés.
Conozco a tanta gente en la situación de Cameron y Eilidh que ver la representación produce una familiaridad extraña. Para ponernos en situación voy a daros dos detalles. Cameron vive en Nueva York. Eilidh en Escocia. Y son novios. Sí, las palabras “relación a distancia” hacen tanto ruido como los fuegos artificiales del Tattoo. Es una historia tan común que, a día de hoy, se podría definir como una plaga. Con la situación del mundo, que dos personas vivan en la misma ciudad durante toda su relación parece lo más extraño que le puede pasar a nadie. Incluso los que no hemos pasado por esa situación sabemos qué ocurre si uno se siente atraído por alguien que vive lejos. Así que el hecho de que la representación sea completamente interactiva sólo le añade más cercanía al asunto.
Cameron, vestido con kilt y sentado en un banco de Central Park, espera a que el público, turistas en la Gran Manzana, se coloquen en los bancos cercanos y entonces, espontáneamente, comienza a contarnos su historia. Que dura noventa minutos. Lo raro es que no dure más porque la acción sucede tan natural que a una se le olvida que está en una obra de teatro y le apetece preguntarle más cosas al actor, interrogarle sobre supuestas etapas que menciona de pasada o, simplemente, intercambiar fotos de iPhone con él. Aunque peca de larga, “Pirates and Mermaids” se aprovecha tanto del espacio en el que trabaja que ello le da una cualidad muy interesante. No nos cuenta una historia nueva, ni revolucionaria, pero sí nos enseña una forma diferente de verla mientras hace un paralelismo con la mitología de las selkies, focas que, al ser privadas de su piel marina, se transforman en hombres y mujeres de belleza inigualable, codiciadas por los humanos que habitaban las costas. Tanto viajar, tanto partirse entre dos mundos, da para muchas reflexiones.
En el Summerhall, a las ocho de la tarde, la compañía catalana Atresbandes interpreta la obra “Solfatara”. Antes de que penséis nada raro, no es que los españoles hayan desembarcado en Edimburgo durante la última semana, es que una servidora sólo pudo encajar las entradas para esos espectáculos en estos días. De ahí la avalancha nacional en las crónicas. Avalancha interesantísima, por cierto.
En “Solfatara” nos encontramos con una pareja, interpretada por Mónica Almirall y Miquel Segovia, y con su vocecita interior, llena de mala leche y encapuchada, a la que da vida Albert Pérez. Producción española, interpretada en español, es de agradecer que, en vez de traducir literalmente los sobretítulos, hayan dotado a los mismos de vida propia. Si los dejes y comentarios propios de nuestra tierra nos matan de risa a los hispanohablantes, los anglosajones se desternillan leyendo algunas de las cosas que se escriben en inglés mientras los personajes hablan. Este detalle proporciona mucho ritmo a la producción y es un alivio para quienes no pueden entender sólo lo que se dice.
El argumento establece una comparación entre los volcanes y el interior de las personas. Mientras la pareja aparenta una cosa, esa vocecita interior nos va dando pistas de lo que no dicen, lo que piensan, lo que sienten, lo que ocurre. Al final la misma vocecita se queda a un lado y alucina con la erupción que alcanzan ambos personajes. Si una discusión casera acaba a gritos de “¡Tu coño huele a milhojas!”, la cena con amigos que le sigue es una bronca constante ante la mirada de la audiencia y los (invisibles) invitados, que sienten una mezcla de incomodidad y alivio por no ser ellos mismos los que sufren los gritos. Y, a todo esto, se me ha olvidado decir lo hilarante que es todo y las carcajadas constantes que se escuchan por parte del público.
Atresbandes se ha inspirado en José Antonio Marina y Roland Barthes para explorar cómo negociamos con las emociones en nuestra vida y nuestras relaciones. Si bien el trabajo de todos es impecable, probablemente por estar encapuchado destaca Pérez, que sólo con su boca y sus ojos a la vista es un dechado de expresividad y comicidad.
Y son tan jóvenes que una cada vez tiene más certeza de que, si de estas personas depende el futuro teatral del país, deberíamos respirar de alivio por ello.
Mi pregunta del día es, si yo me pasé hora y media escuchando la historia de Cameron en Edimburgo, ¿hay alguien ahora mismo en Central Park escuchando la versión de Eilidh? Sólo lo sugiero.