Crítica
Orensanz (2013), de Rocío Mesa
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Hay películas que pierden al hablar de ellas. O tal vez sea que hay películas que son mejor recibidas si no se sabe nada de su argumento. Así ocurre con Orensanz, un documental que utiliza como excusa para hablar de lo que quiere la personalidad arrolladora del escultor Ángel Orensanz.
El filme utiliza partes de la vida del artista, no momentos cronológicos, sino algún instante pasajero rescatado de los documentos grabados por la directora hace años para el programa Con visado de calle, para decir mucho más del personaje que dirige la acción de lo que a primera vista parece. Sin embargo, la presencia de Orensanz en el filme casi molesta más que se agradece. Porque es su ausencia la que consigue que todo lo demás cobre sentido.
Y ese sentido palpita gracias a Larués, un pequeño pueblo de Huesca del que partió el escultor en busca de un mundo más grande y que es, en verdad, el gran protagonista de la historia. El foco pasa de la sinagoga que Orensanz compró en el Lower East Side neoyorquino para instalar su fundación al pastor oscense que nos explica qué es una oveja negra. Y así, poco a poco, vamos conociendo a los habitantes de la localidad, sus costumbres, sus problemas y su extraña relación con el tipo de renombre que salió de allí, una relación basada en las protestas de que nunca volviese a darle nada al pueblo y las racionalidades de quien se pregunta si un “artista global”, como Orensanz se denomina a sí mismo, no tendrá mejores cosas que hacer que contemplar a sus compañeros de origen. Larués respira en un documental titulado como su más ilustre embajador y, a la vez, se sitúa en primer plano para mostrarnos un estilo de vida al que ya no estamos acostumbrados y que, por boca de sus ciudadanos, está llamado a desaparecer, a pesar de la autenticidad y eso tan prosaico llamado “calidad de vida” que transmite. La cercanía que alcanza al espectador nos hace preguntarnos si dentro de nosotros no hay una parte, aunque sea ínfima, que quiera escaparse a la vida de paz que se respira en ese lugar.
Pero tampoco sólo de Huesca vive el documental, sino que entrelaza su historia con la de aquellos trabajando en la fundación-sinagoga, un proyecto en principio muy motivador de su dueño que poco a poco quedó en manos del hermano, Al, hasta el punto de que los mismos becarios declaran que no han visto en su vida al propietario. Así asistimos a las declaraciones de la señora que teje los cojines con los patrones que se le ocurren al artista y que, de vez en cuando, deja suelta su propia creatividad y se convierte ella misma en dueña metafórica de la obra. El mercado del arte y sus continuas incongruencias e hipocresías aparecen como tema latente en muchos momentos de la película, uniéndose así a otra multitud de discusiones que se plantean desde detrás de la cámara y que quedan sin respuesta clara, esperando la reacción del público.
Y la audiencia, que muchas veces es más sabia que nadie, reacciona riéndose con este cachito de realidad que Mesa compara con Berlanga con acierto, porque si algo se le dio bien al maestro Luis fue retratar como nadie la verdadera naturaleza del español, cómico, pícaro, dispuesto a iniciar las acciones más inverosímiles, desde levantar un pueblo entero y arreglarlo para la llegada de los americanos hasta organizar un evento para el ciudadano más ilustre de la zona sin saber si dicho ciudadano se dignará en aparecer o no. No es que tengamos nuestra gracia porque el cine lo haya dicho, sino que las películas han venido a constatar lo que sabíamos: aquí hay chispa.
Que el documental es un género que actualmente disfruta de una Edad de Oro mucho menos conocida pero muy equiparable a la de la televisión no es novedad. Sí es descubrir, cada poco, que tenemos una cantera de gente española apasionada por lo suyo en otros lados del planeta (Mesa, como los chicos de La Panda, productores del éxito de Málaga 10.000 km, vive en Los Ángeles) y que deberíamos conquistarles, traerles de vuelta y darles algo más de cuatro duros para sus futuros proyectos. Si del trabajo de esta directora tras la cámara depende esta decisión, yo ya firmo. Pulir, siempre hay que pulir cosas, pero no podemos perder de vista la delicadeza, el toque para encontrarle el tono a la historia, la visión y la pasión que tiene Rocío Mesa.
Y no podéis dejar de ver Orensanz.
Podéis leer la entrevista con Rocío Mesa y Merry Colomer, directora y productora de Orensanz respectivamente, aquí.
Orensanz se proyecta los días 4 & 5 de septiembre en Café Kino.
Para más información visite www.cafekino.es